¿Y después de salir del armario qué?

Salir del armario es toda una terapia. A unos nos tomó más tiempo que a otros, para unos fue medio fácil, para otros difícil, pero al final, después de librar la batalla de alfabetización homosexual dentro de la comunidad heterosexual compuesta por padres, amigos y allegados, la verdad es que uno se siente más liviano. Y es que luego de pasar por la “rendición de cuentas”, de la explicación sobre por qué soy como soy y de responder mil preguntas absurdas, puede decirse que uno se siente un poquito más liberado, sea como fuera que le haya ido en el proceso.

El asunto no es fácil, y me gustaría decirles queridos lectores que es el final del suplicio, pero no. Salir del Armario no es más que el principio de un largo camino que debemos sortear para hacerle entender a la sociedad que no es gusto, moda ni elección. Que ser homosexual es parte de la naturaleza, como tener los ojos claros, ser zurdo o lampiño. Que no se puede cambiar, ni con terapia, ni con tratamiento religioso, moral o psicológico, porque no es una enfermedad, ni una desviación ni nada que se le parezca.

Que no es una estratagema política que pretende ganar adeptos para “homosexualizar” la sociedad, porque no se puede modificar algo que está dado por la genética y la naturaleza de los seres humanos. Que somos libres de expresar nuestro amor en la calle, en las redes sociales, en los centros comerciales, cines, restaurantes, parques, discotecas, colegios, universidades.

Salir del armario es un importante paso personal, pero luego se darán cuenta que es el primer escalón de muchos. Luego vendrán más y más circunstancias en las que tendremos que seguir “justificando” ante cualquiera que se sienta con derecho de cuestionarnos, porqué somos como somos, porqué amamos como amamos y porqué compartimos la cama con quien la compartimos.

Y es que la familia (extendida) es la punta del iceberg. No hablo de papas y hermanos. Hablo de toda clase de tíos, primos, abuelos, sobrinos, hermanastros, etc. El resto del iceberg son colegas del trabajo, jefes, compañeros de universidad y colegio, amigos, youtubers, periodistas y en fin, todo aquel que se sienta con el derecho de preguntarnos, cuestionarnos, criticarnos, “opinar” y en el peor de los casos, juzgarnos y discriminarnos por quienes somos.

Y es que el escenario es tan absurdo cómo sí le preguntáramos a un heterosexual por qué le gustan los hombres o las mujeres, o nos atreviéramos a opinar sobre sus derechos, como el matrimonio, la adopción, acceder a una pensión, o si quiera demostrar su afecto en público.

Absurdo y todo, pero así es querido lector, somos una minoría y la lucha por la reivindicación de nuestros derechos está lejos de terminar. Y es que la reivindicación comienza por normalizar las situaciones más comunes de la vida cotidiana como demostrar nuestro afecto en público, tomarnos una foto o reconocer que somos seres humanos que se enamoran como cualquier otro, que lloran, se casan, tienen familia y tienen los mismos derechos que todos.

Normalizar, queridos lectores, precisamente eso es lo que viene después de salir del armario, un proceso largo en el que debemos educar día a día a todos los que nos rodean sobre el respeto, la inclusión, la diversidad y desde luego el amor.

Foto: @sargantanus

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