El príncipe azul

La verdad es que siempre creí en encontrar al príncipe azul. Antes, al principio, me imaginaba que lo conocía y vivíamos juntos en un castillo de mentiras dentro de un armario. Que nos veíamos a escondidas y nos dábamos besos sin que nadie se diera cuenta. No era la mejor historia, pero me bastaba para mantenerme feliz, para sentirme inspirado durante los largos años en los que pretendí que no pasaba nada, que nunca nadie se enteraría de mi gran secreto.

Luego, cuando me deshice de las mentiras, cuando finalmente dejé a un lado el temor y sobre todo el miedo a mí mismo, continué creyendo en el príncipe azul, solo que ahora ya no vivíamos escondidos en lo profundo de un armario de engaños. No, esta vez la historia era diferente. En esa versión, mi príncipe azul llegaba de la nada, nos veíamos un día en la Universidad y quedábamos profundamente enamorados el uno del otro, porque claro, cuando de príncipes azules se trata, el amor siempre es a primera vista.

Se acercaba a mí, se presentaba y pasaba que tenía un nombre lindo y sonoro, como Santiago o Sebastián. Su sonrisa era perfecta, igual su cuerpo, su rostro y su forma de expresarse. Un príncipe de cabo a rabo. Y claro, luego de eso hablábamos, salíamos y me daba cuenta de que no solo era guapísimo, sino también educado. Había estudiado lenguas, historia y arte, y era el más culto de todos los chicos que nunca antes había conocido.

Luego, me declaraba su profundo amor, un amor de años, porque él también había estado buscándome desde hacía tiempo. Sobra decir que yo era su primer y único amor, que antes de mí nunca había existido nadie, ni existiría, porque yo era el indicado, yo era su príncipe azul, y solo tenía ojos para mí.

Y bueno, en mi historia ideal nos enamorábamos profundamente, nos íbamos a vivir a una castillo de ensueño en Chapinero, con un perro y un gato, porque en aquella época pensar en matrimonio gay era una ilusión bastante irreal, y así queridos lectores, viviríamos felices por el resto de nuestras vidas.

Claro, que luego me di cuenta que del dicho al hecho hay mucho trecho y que el cuento era mucho más complejo de lo que pensaba. Pasaba que en la historia no solo había príncipes, sino también leñadores, vampiros, caballeros, hadas madrinas, princesas, sapos verdes, viejos reyes, hechiceros, ladrones, estafadores, genios y desde luego hombres lobo.

Y así, luego de los años, y de varios príncipes no solo azules sino de varios colores, sabores e incluso tamaños, si saben a lo que me refiero, el cuentico del príncipe azul se me fue acabando. Y es que la idea de un chico perfecto, sin pecado, sin memoria, y sobre todo sin pasado, no es más absurda que pretender que alguien, sea príncipe o no, solo tenga los ojos puestos en uno.

Pero no me malinterpreten, que no digo que no existan buenos chicos. Lo que pasa, es que los príncipes azules suelen tener deslumbrantes capas que ocultan sus verdaderas intenciones, vistosos antifaces que no dejan ver sus rostros y egoistas sentimientos en los que no hay cabida para nadie más.

Por eso, señores y señores, después de tantos príncipes, e incluso de tener el castillo, el perro y el gato, terminé decantándome por los otros. Si los otros, eso cientos de personajes del cuento que no son príncipes ni mucho menos. Los que parecen más bien caballeros con armaduras frías, pero corazones de oro. Esos que se ven como leñadores, sin mayores pretensiones, pero con manos fuertes para sostenernos cuando nos caemos. Y por supuesto los hombres lobos, medio fieras, medio humanos, más nobles que un sabueso, cubiertos con cicatrices del pasado que les enseñaron la forma de amar y ser amados.

Foto: La foto es tomada del video de Joey Graceffa “Don’t Wait”. Les dejo los links del video, la canción y el libro que este chico publicó. (por cierto todo muy recomendado)

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