La leyenda del Fauno y el Viento

El fauno pasaba sus días en el bosque, bebiendo el néctar de las flores, comiendo bayas y corriendo libre sin un mañana en qué pensar. Se bañaba desnudo en el río y el mar, y a pesar del frío de las noches de otoño o la nieve en el invierno, siempre tenía su cuerpo caliente, pues vibraba con la pasión de quién no conoce los límites ni el final. Era amigo del oso y del lobo, conocía el nombre de todas las estrellas que cubrían el cielo y era un amante perfecto. ¿Quién no querría estar con el Fauno así fuera una vez en la vida?

Una tarde el fauno corría libre, desnudo, poderoso y firme por el claro del bosque. Hacía un día esplendoroso, así que cautivado por el aroma de los jazmines que se enredaban en el tronco de un antiguo abedul, decidió recostarse en sus raíces, bajo los rayos del sol que se colaban entre sus ramas. Su mirada indomable se perdió en el azul del cielo únicamente perturbado por mirlas y golondrinas que revoloteaban anunciando el final del invierno. Estaba en completa paz, pero aun así su corazón latía muy rápido, pues albergaba la pasión de la tierra que vibraba bajo sus pies.

Fue entonces cuando lo vio. Tenía la figura más hermosa que jamás había visto y eso era mucho decir, pues el fauno había visto muchas hermosas criaturas en el bosque y el mar. Su piel era blanca como la nieve de la primera nevada de invierno, sus pantorrillas y muslos eran torneados con algunos vellos que se veían dorados por los rayos del sol. Su espalda era un triángulo perfecto que se marcaba suavemente hasta terminar en unos esculpidos hombros que sostenían fuertes brazos marcados por el ejercicio.

Su abdomen era aún más deleitante, se veía suave como la piel de un durazno y esculpido por el cincel de un artista, coronado por un pecho que sobresalía con algo de vello dorado como el del resto del cuerpo. ¡Y su rostro!, su rostro era la imagen misma de los dioses de antaño: ojos redondos y grandes, labios carnosos y barba corta que insinuaba que aquella criatura hermosa se había convertido en hombre apenas hacía unos cuantos inviernos. El Fauno lo conocía muy bien, pero nunca antes lo había visto, era Céfiro.

En medio de su profunda contemplación sus miradas se cruzaron. Entonces, el fauno sintió que una corriente recorría su cuerpo desde su vientre hasta sus mejillas, era algo que nunca había experimentado, era vergüenza, vergüenza por su desnudez. De inmediato se incorporó buscando ocultar su cuerpo, grueso y musculoso, cubierto por el vello que había crecido durante el invierno, y en cuanto se halló sentado, listo para ponerse en pie, Céfiro, el joven de los rizos dorados y la figura esculpida por los mismos dioses, estaba frente suyo. Sus ojos, su nariz y sus labios estaban tan cerca que podía sentir su respiración, agitada y cálida, y su aliento que olía a madera mezclada con saúco y fresas silvestres.

La mirada salvaje, profunda e indomable del fauno se perdió por un instante en la tranquilidad avellana de los ojos del muchacho. Su corazón latía aún con más prisa y todo alrededor del bosque pareció detenerse por un instante que fue eterno. Entonces, la perfección del momento fue interrumpida por la sonrisa maliciosa de Céfiro, que dejó ver una blanca dentadura del color de la luna llena. Sin dar tiempo a nada más, ambas bocas se fundieron en un magnífico beso que envolvió sus cuerpos en el lecho de musgo y hierba del bosque. Luego, se entrelazaron bajo los jazmines del enorme abedul en una perfecta sintonía de pasión. Parecía que habían sido creados de tal forma que sus curvas encajaran perfectamente, que sus cavidades se llenaran la una con la otra haciendo temblar la tierra y crujir los troncos de los árboles del bosque.

Esa noche durmieron entrelazados en aquel mismo lugar, bajo el cobijo de las estrellas y los capullos en flor de cerezos y duraznos. Durante algunas lunas más la historia se repitió día tras días, como la danza perfecta entre el sol y la luna. Por las mañanas el fauno corría libre, vibrante y apasionado por las vastas praderas cubiertas de hierba y flores. Se bañaba en el río y a la orilla del mar mientras su joven amante lo cubría de caricias y besos que lo hacían estallar de lujuria y deseo.

A veces, mientras yacía en la playa por las tardes, el fauno cerraba sus ojos y lo sentía cálido y suave recorriendo su pecho, bajando despacio hacia su abdomen. Otras veces, cuando lavaba su rostro a la orilla de un manantial, lo sentía frío y húmedo por su espalda, recorriendo cada centímetro de su piel, bebiendo despacio de su esencia.

Los días pasaron con prisa y en menos de un suspiro la tierra se calentó de nuevo. Poco a poco los encuentros del fauno con su amante se volvieron más esporádicos, hasta que un día no lo volvió a ver más. Desconsolado, el fauno recorrió el bosque, cruzó diez veces por la pradera, subió al risco y caminó por la playa. Anduvo despacio por el lecho del río, entró en la madriguera de la liebre, preguntó al lobo y al conejo, habló con el petirrojo e interrogó a las ardillas, pero todo fue en vano, nadie sabía dónde estaba Céfiro, había desaparecido.

Pasaron un par de semanas durante las que el Fauno extrañó a Céfiro, una, dos, incluso tres veces cada noche, insaciable por la ausencia, ardiendo por el deseo. Pero el Fauno era sabio, incluso más sabio que viejo roble o la blanca lechuza, había visto muchos inviernos y sabía que una hoguera que arde muy fuerte pronto se extingue. También sabía que el fuego siempre regresa donde hubo lumbre y que la paciencia es una virtud que toma toda una vida en ser aprendida. Así que volvió a ser él mismo, el de antes, y retomó la vieja rutina que siguió durante muchos días: regresó al claro del bosque, cruzó el manantial, durmió en la playa bajo el manto de las estrellas, escuchó al ruiseñor día tras día, esperando, pues en lo profundo de su corazón sabía que pronto el invierno terminaría.

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