Maestros de la desaparición

Toda iba bien, ¿verdad? Es decir, llevábamos hablándonos un montón de tiempo por WhatsApp, de hecho, la mayoría de las veces teníamos largas conversaciones empalagosas mientras estaba en la Universidad o mientras iba en el bus. También nos escribíamos tarde en la noche, antes de dormir, para desearnos felices sueños, o bueno para despedirnos, porque uno nunca sabe que pueda morirse en la noche mientras duerme. Entonces, si todo iba tan bien ¿Por qué ha desaparecido? Bueno, que no quiero que me malinterpreten ni mucho menos, no soy un intenso de esos que se empeliculan porque el WhatsApp deja funcionar dos horas, porque no le hablan toda una mañana o porque lo dejan en leído. De hecho, deshabilité la famosa opción para evitar rayes.

Lo que pasa, señores y señores, es que da mucha rabia que, cuando uno piensa que las cosas van de lo mejor, cuando uno en serio se está entusiasmando con el tipo (a pesar que ya le haya visto un par de defectos malucos) ¡Taz!, el infame se desaparezca de la noche a la mañana y las cosas queden así. Pero dejemos la rabia y vamos al tema con calma.

En el momento en el que desaparece, lo primero que pienso es “¡mierda! Soy un maldito intenso, el man debe andar ocupado, en entregas, en la oficina, en un bus”, pero casi al instante mi mente objetiva, que es un poco más cuerda y menos imbécil, me sacude y casi que me grita “¡deja de hablar mierda! Esas son puras justificaciones baratas, ese man no te quiere hablar, punto”. Y bueno que tiene razón, que en nuestra sociedad en la que parece que llevamos el celular pegado a la mano, y que casi que no lo soltamos ni para ir al baño, es imposible no sacar uno o dos minutos para responder, así sea para excusarse (o de hecho mucho menos, ya que recientes estudios demuestran que escribir “ya te hablo que ando ocupado” se demora alrededor de 20 segundos, 40 si se hace con una sola mano colgando de un bus).

Ahora bien, descartado el asunto de la falta de tiempo (porque seamos honestos, cuando a uno alguien le importa le saca tiempo por más ocupado que esté), mi mente se pone un poquitín más dramática y me dice “algo le pasó”. Y esta, señores y señores, es la peor de todas, porque es video puro y duro. Esta sí que es la película dramática ganadora del óscar. Y es que a uno se le pasan diez mil cosas por la cabeza, desde paseos millonarios, secuestros, robos a mano armada, hasta accidentes de tránsito e incluso de avión. Y bueno, lo cierto es que esta opción queda descartada porque lo primero que hago es mirar el Facebook y descubrir que hacía solo 20 minutos, el fulano había subido un video de Playground en el que explican por qué las tortugas insisten en comerse los pitillos y nos las algas marinas (súper bueno por cierto).

El alma me vuelve al cuerpo. Me siento feliz, porque no ha muerto, no lo han secuestrado ni está en coma ¡Está vivo! Pero claro, que recuerdo que se ha desaparecido, entonces el vacío en el estómago regresa y ahora pienso “Aaa jueputa, me estoy envideando con este man, que mierda”. En el fondo ya sé por dónde va el agua al molino, ya sé en qué terminarán las cosas, obvio porque ya me ha pasado, de hecho, con un querido publicista que terminó diciéndome “Pues vos y yo no somos nada, solo estamos parchando”.

Pero en mi mente, esa vocecilla dulce llamada esperanza me habla. Si claro, es la misma hija de puta que una vez me dijo “el hecho que se mande fotitos empeloto con su amigo no quiere decir nada”, si, la misma que un día me aconsejó diciendo “solo se vieron para un café mientras estabas de viaje, ¿qué más podrían hacer solos en su apartamento?” Y claro, esta vez la maldita me dice: “No te apresures, tres días sin aparecer es normal, debió quedarse sin datos, sin Facebook, sin minutos, ciego, sin habla, manco…” y bueno, a estas alturas la vocecilla termina rayándome mucho más.

¿Y qué pasa? Pues me re-emputo mal. No dejo de preguntarme ¿en qué puto momento terminé dependiendo de este mequetrefe para tener tranquilidad en mi vida? Es decir, antes, si alguien me hablaba o no, si me llamaban o me saludaban, me daba igual. Ahora llevo 3 días pensando en donde putas estoy parado, que quiero, para donde vamos, si debo hablar… en fin un montón de videos que me atormentan y vuelven pedacitos mi vida.

Y es que me pregunto también ¿qué coños está pasando? yo andaba muy tranquilo, hablando por ahí con gente, mariquiando, perdiendo el tiempo mandando fotos, porque nunca concreto nada, hasta que “él” apareció. De hecho, cuando nos conocimos por Grindr, él fue el de la idea de pasar otro lado, porque “casi que no abría la aplicación y por eso respondía tarde” (pfff pura mierda). Obvio, nos cambiamos de aplicación, intercambiamos números y guardamos contactos. El mismo día me mandó la invitación para Facebook y desde luego que la acepté y aproveché para estalkiar un poquito, no mucho.

Personalmente me rayan las conversaciones eternas, porque en el fondo odio hablar por teléfono, concretar una cita conmigo es una hazaña porque soy escurridizo, no por antipático, creído o mala gente, sino porque soy así, asocial, ermitaño, medio geek. Como sea, el fulano insistió e insistió e insistió (jodió) hasta que escuchó mi voz. Seguro para descartar que no tuviera voz gangosa, muy chillona o que fuera “muy femenina”. Luego le dio la maña de mandar notas de voz. Lo bueno es que me gustaba como me hablaba, y además tiene una voz  bonita, lo que le suma puntos. Sin embargo,  mandar notas de voz es la segunda cosa que más me emputa. ¡Coño! Que para eso está el Chat, es más concreto, rápido, fácil, además siendo honesto odio mi voz, como el 90% de la población mundial.

Y bueno, que entre todo lo malo, por lo menos no me pidió que hiciéramos video chat, porque eso sí que me enferma. ¿Qué si lo he usado? Pues claro que lo he usado, con mis padres más que todo y amigos, pero me siento medio ridículo hablándole a la cámara mientras miro lo que me dice, no sé, creo que es algo de generación o simple chochera mía.

El caso, que sigo convertido en un ente, pensando mil cosas y preguntándome “¿Por qué no me habla?”. Y lo que realmente pasa es que en estos casos la mente humana hace de juez y parte. Por un lado la maldita maña de justificar a la gente. Por otro, el dramatismo de pensar siempre lo peor. Pero cuando pienso en la mejor opción, hablarle, confrontarlo y decirle que pasa, mi mente se encarga de recordarme que, sea lo que sea, yo terminaré siendo el loco, el intenso, empeliculado, perseguidor, el celoso que se está envideando, porque “solo estamos parchando” (hablo un poco desde el trauma, lo sé).

Así las cosas, me tranquilizo, y en medio de mis dramas existenciales me llega un WhatsApp: “hola bonito, que haces”. Yo me cago de la emoción, siento que mi espera llegó a su fin, y el man como si nada. Para él nada ha pasado, todo sigue igual (de pronto porque en su reloj biológico 3 días son 3 horas, de pronto porque en serio solo estamos parchando, o no le importo, o le vale huevo todo). Yo le respondo, seco, para que se dé cuenta que estoy raro. “Nada, todo bien” le escribo, pero parece que es inmune a mi sutil reclamo; definitivamente es un maestro de la desaparición, superado únicamente por David Copperfield. Pasa el tiempo y no responde más, y yo pienso: “ahora sí, hay que confrontar”.

continuará…

 Photo: Robert C. Rore. WV 7987, “Liegender”

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