El beso de la victoria

Eran las 4:30 del domingo 27 de octubre. Por casi un mes me la había pasado haciendo proselitismo puro y duro a una candidata que de tiempo atrás me había demostrado que hay que insistir, persistir y nunca desistir en la lucha por un país mejor, por un futuro mejor. Una candidata que muchos decían que se la pasaba gritando, pero que a mí me encantaba, porque no hay otra forma que levantar la voz cuando se trata de defender la posición de las minorías inconformes, es necesario contar con fuerza, con talante, con carácter, algo que les falta a muchos. 

Como sea, después de votar muy temprano me había encerrado en mi casa, lejos de redes sociales, de televisión y radio, para no saber nada, para no estar pendiente de cómo iban las elecciones. Y es que, con el historial que llevamos en nuestro país, cada vez que hay elecciones es como una ruptura amorosa. Todos hacemos lo mejor que podemos, pero al final terminamos con tusa electoral mal, con caras largas y ganas de llorar. 

Y bueno, que esta vez no hice lo mejor que pude. La verdad es que hice mucho más, pues de hecho me la pasé publicando cosas en mis redes, escuchando a gente hablar en pro y en contra, debatiendo con argumentos, con razones de peso y con pasión, porque sí, la política se hace también con el corazón. Me volví un Seres-político, como me llamaba Juan en las noches, cuando me veía enfrascado en una contienda de comentarios en alguna publicación en Facebook. 

Y es que tomé la decisión de ser político, no solo de demostrar mi interés contándole a todos por quien quería votar, sino también tratando de convencer aquellos que estaban indecisos con argumentos que yo creía convincentes: formación académica, coherencia con un plan de gobierno y sobre todo ideas nuevas. 

Y bueno, llegó el famoso día, el día de las elecciones y todo el domingo me la pasé con el corazón encogido esperando las noticias. Y no me malinterpreten, que mi angustia no era porque hubiera sido parte de la campaña de Claudia López. Tampoco fui voluntario ni nada de eso. Fui más bien un ciudadano comprometido con sus propios valores, con su ciudad y su país. Fui un seguidor vehemente de quien, por primera vez, me representaba, no solo por mi historia de vida sino también por mis ideales ecologistas e igualitarios. Alguien que por primera vez me hacía dar ganas de ser parte activa de la política.

Así llegaron las 4:45 p.m., entonces no aguanté más y entré a ver los resultados. Juan ya me había escrito por WhatsApp que íbamos adelante, pero era solo el 5 % de las mesas escrutadas y a esas alturas no se puede cantar victoria. La ansiedad no me dejó seguir viendo el capítulo de La Casa de las Flores por Netflix, así que entré a una de las muchas transmisiones en directo, procurando encontrar un medio independiente que no parcializara la información. Descargué la aplicación de la Registraduría y mientras se me ponían frías las manos y me daba un vacío en el estómago comencé a seguir los resultados. 

Eran las 5:00 p.m. pasadas y con más del 67% escrutado teníamos alcaldesa nueva, porque la tendencia ya era imposible de cambiar, según lo que decía el estadista en la transmisión en línea de la Revista Semana. En efecto, habíamos ganado, en contra de los pronósticos de las encuestas amañadas. en contra de la polarización de nuestro país, del machismo y la homofobia. 

Y yo no me lo podía creer, porque no solo había sido electa la primera mujer alcaldesa en el segundo cargo más importante de Colombia, la primera mujer lesbiana burgomaestre de una capital latinoamericana, sino que había sido electa por la mayor cantidad de votos en la historia de las elecciones al cargo. Y encima de todo, con doctorado, ecologista, hija de maestra, en fin, el sueño de quienes pensamos que el cambio en nuestro país se va a lograr desde las aulas de la mano de la cultura y no de otra forma.

No me contuve, obvio porque estaba solo, y lloré. Lloré de felicidad, y aun a veces cuando me acuerdo se me humedecen los ojos, porque este no es solo mi logro (porque por fin gana alguien por quien voté), no es el logro de una mujer, ni de las mujeres, ni de la comunidad LGBTI, o de la clase media. Este es realmente el logro de todo un país que se ha levantado y se ha unido, finalmente, no por el menos malo sino por la mejor opción. Es el logro de un país que está dejando el machismo a un lado, que está dejando la homofobia, que por fin se está fijando en las ideas y el amor de la gente y no en lo que se pone o con quien comparte la cama. 

Fueron las 7:30 y mientras esperaba que la nueva alcaldesa de mi ciudad dijera sus primeras palabras, encontré esta foto que pronto se volvió viral. “El beso de la victoria” pensé, el beso de quien ha derrotado el prejuicio, el miedo, la corrupción y el continuismo. El beso de amor de una pareja que a lo lejos se nota que ha sobrepasado mucho más que un cáncer, varias elecciones y quien sabe cuantas persecuciones. Definitivamente un beso de amor. 

Luego de eso pasó la euforia, las entrevistas y la noticia que se volvió mundial y hasta ahora las cosas van bien. Pero claro, que todos sabemos que la lucha no para. Cada uno seguirá su camino, aportando lo que puede desde lo que tiene para hacer de esta ciudad una buena ciudad, de este país un mejor lugar y de este mundo un gran hogar. Sin embargo, desde el sábado veo todo más luminoso, más brillante, más esperanzador. Por primera vez en mi vida, quiero quedarme en Bogotá, porque quiero ver que va a pasar. 

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